Entras en Sangüesa con las piernas cargadas y la cabeza satisfecha. El albergue público te espera, y un asiento a la sombra tampoco está nada mal. Atrás queda una jornada más dura de lo que sugiere la distancia.
Nada más salir de Ruesta toca ponerse las pilas: más de 300 metros de subida, empinada y sin rodeos. Después el camino se vuelve más tranquilo, pero no fácil. Bajas mucho más de lo que subes, y eso se nota sobre todo en las rodillas. El paisaje es abierto y amplio, con poco que te distraiga de tu propio paso. Durante el camino, vuelve la vista atrás de vez en cuando. Detrás de ti, las colinas secas se pierden en el aire cálido hasta desvanecerse en el horizonte.