Encinas y pastos secos hasta donde alcanza la vista. Desde Grimaldo caminas por la dehesa, ese paisaje abierto de árboles dispersos donde aquí y allá pasta el ganado. La sombra escasea y el cielo es inmenso.
Casi 30 kilómetros son muchos, pero el terreno es suave. Hay algo de ssube y baja, y bajas más de lo que subes. La dificultad está sobre todo en la distancia y en el sol. Galisteo, con su muralla medieval, es un buen lugar para hacer una pausa de verdad. Después el terreno se vuelve más llano y más abierto. Carcaboso tarda en aparecer: un pueblo en mitad de la llanura. Los últimos kilómetros siguen rectos como una flecha junto a los campos, con el horizonte muy lejos y tu sombra alargándose por delante.