Esta es una jornada para armarse de paciencia. Unos 23 kilómetros, más de seis horas de camino y ningún repecho empinado que te deje sin aliento. Todo está en la distancia y en un terreno que sube poco a poco. Asciendes más de lo que desciendes, y al final lo notas en las piernas.
El Alentejo va desfilando con calma. Mucho espacio, mucho cielo, poca prisa. Mantén un ritmo constante y haz una pausa a tiempo, y el camino se hará solo.
Evoramonte se anuncia desde lejos, con su castillo en lo alto de la colina. Durante el último tramo caminas siempre hacia él. Arriba paseas por las callejuelas estrechas del pueblo y contemplas la llanura que acabas de atravesar. Mochila fuera y a mirar atrás un momento.