Los primeros kilómetros desde Melide huelen a eucalipto y a tierra mojada. Delante de ti avanza una fila de mochilas. A partir de aquí compartes el camino con el Camino Francés, así que de pronto hay mucho más movimiento que en el Primitivo. Enseguida te acostumbras. Saludas, charlas un rato y sigues andando.
La jornada es ligera. El terreno es ondulado, entre bosques, prados y pequeñas aldeas, con más bajadas que subidas. Las rodillas lo notarán antes que los pulmones. Tras algo más de 4 horas llegas a Arzúa, donde hay un albergue público. La tarde es toda para ti: tiempo para la colada, para tus pies y para una terraza.