Hoy tus piernas simplemente hacen lo que tienen que hacer. No hay ninguna subida que te espabile ni ninguna bajada que te castigue las rodillas. El camino baja más a menudo de lo que sube y el ritmo te sale solo.
El paisaje es amplio y abierto: campos de cereal, olivos, mucho cielo. Hay poco que te distraiga, así que la mente se serena. Eso sí, hay poca sombra, de modo que en verano el sol es tu mayor enemigo. Tras más de 5 horas caminando llegas a Cuba: casas encaladas, una plaza tranquila, un banco al sol. Fuera la mochila, fuera las botas.